La luna hueca

La luna hueca

Antes de pronunciar las últimas líneas del reporte, Peter Shultz levantó la mirada y observó el salón de conferencias de la NASA, repleto de colegas científicos y periodistas. Sus miradas expectantes, el silencio llenando el poco espacio que quedaba, la punta de los bolígrafos suspendida a escasos dos milímetros del papel de notas.

—La lectura de los sismógrafos nos muestran que la luna vibró durante largo tiempo… —se aclaró la garganta, y agregó— resonó como una campana.

El murmullo se elevó pronto en barullo. Los periodistas se acercaban a preguntar a los científicos para que les aclararan qué, exactamente, significaba eso. Una voz se elevó sobre las demás.

—¡Doctor Shultz! ¡Doctor Shultz!
—¡Silencio, por favor! —dijo alguien.

El ruido en la sala descendió como aquel fuego que se esconde bajo la ceniza.

—Doctor Shultz, ¿acaso lo que sus datos nos indican, es que la la luna es hueca?

El silencio contenido, como las chispas que suceden al acariciar de la brisa ligera.

—Ésa es una posible explicación, doctor Miller. Pero no podemos afirmar nada hasta que no analicemos los datos de forma exhaustiva y evaluemos otros escenarios que puedan explicar de mejor manera este efecto.

El fuego reavivado. Los científicos discutiendo lo que eso podría significar, algunos apoyando la idea, y otros negándola. «Los datos no mienten», dicen unos. «Debe haber una mejor explicación, una más sencilla, siempre la hay», dicen otros. Los periodistas corren al primer teléfono para informar a sus jefes de redacción que la luna es hueca.

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—Separemos el módulo lunar y hagámoslo impactar sobre la superficie de la luna. Lo haremos a la distancia apropiada de los sismógrafos que dejamos ahí colocados y sus lecturas nos dirán qué sucede en su centro, de qué está hecho, sus propiedades.

De inmediato se hicieron los preparativos para la operación y desde el centro de control se giró la orden a los astronautas del Apolo 12.

—Permiso para desenganchar —dijo Richard Gordon, piloto del módulo.
—Adelante. Permiso concedido. Proceda. Repito. Proceda —contestó el ingeniero en el centro de control de la misión.

Gordon presionó el último botón en la secuencia y el módulo lunar se despegó del de aterrizaje. Viajando a una velocidad de seis mil kilómetros por hora, se impactó sobre la superficie de la luna, generando un cráter de 9 metros de diámetro y levantando una enorme columna de polvo y rocas. Las agujas de los sismógrafos se movieron durante una hora.

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El niño repartidor, en su bicicleta, arrojó el periódico contra la puerta de la casa de Peter Shultz. El perro ladró y Peter apresuró el sorbo de café y dejó la taza sobre la mesa, se levantó y caminó hasta la entrada. Abrió la puerta y recogió el diario, lo desenvolvió, y la primera plana mostraba: «¡LA LUNA ES HUECA!», y como subtítulo: «¿Es un satélite artificial? ¿Quién lo hizo?»

— ¡Idiotas! —refunfuñó el doctor Shultz.

Entró por su saco y las llaves del auto y partió veloz hacia el centro de control. En el camino, su mente hervía buscando posibles, y más plausibles, explicaciones: «Puede ser que la composición rocosa de la luna haga que las vibraciones se transmitan durante más tiempo. La Tierra… tiene agua, ochenta por ciento agua, no sólo en los océanos y ríos, sino agua que se ha filtrado dentro de la roca… esa combinación de agua entre la roca funciona como amortiguador durante los terremotos… pero la luna no tiene agua… debe ser roca sólida… vibrará durante más tiempo al ser colisionada. ¡Eso debe ser!».

Sin darse cuenta cómo, ya estaba en el estacionamiento de su trabajo. Entró apresurado y pidió a sus asistentes los registros:

—Vamos a analizar todo de nuevo, desde el principio —dijo entusiasmado—. Tengo una teoría. Veremos si los datos la comprueban.

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Ya era de noche cuando Peter salió del centro de control. Tuvo un pequeño altercado telefónico con su esposa puesto que en la mañana salió disparado, sin despedirse de ella, y hoy, se le fue el tiempo y se olvidó de un compromiso que tenían para cenar en casa de unos buenos amigos. «Afortunadamente, creo que me entiende, que entiende lo absorbente que llega a ser mi trabajo».

Manejó rumbo a casa y en la carretera desolada que conectaba el centro de control con la ciudad, reparó en que, lo que debía ser un paisaje oscuro ya que era noche de luna nueva, se veía por el contrario, claro, iluminado. Estacionó el auto por un lado del camino, encendió las intermitentes y se apeó. Levantó la mirada hacia el cielo y se sorprendió al ver la luna llena, brillante en demasía, al grado que pareciera que ella misma emitía luz.

—¡Qué diablos! Es imposible… hoy no debe haber luna.

No salía de su asombro, cuando notó que la luna comenzó a girar lentamente, el Mare Tranquillitatis desplazándose con la rotación hasta desaparecer por completo. La luna ahora mostraba su lado oscuro hacia la tierra.

Algo en su interior había despertado.