¿Alguna vez has sido visitado por un ser querido fallecido? Si es así, ¿cómo fue la experiencia?

Foto: (CC BY-SA 3.0) Wikipedia 

De pequeños fuimos de visita al pueblo en donde había nacido mi papá. El pueblo estaba por un lado de la carretera costera y la casa de mi padre estaba por un lado del río y el río desembocaba al mar un kilómetro y medio más adelante.
A unos cien metros de la casa, hacia el mar, había una cerca de madera con un portón también de madera y que marcaba el inicio de una plantación de plátanos y cocos de un pariente de mi padre, quien también tenía un rancho con ganado al otro lado de la carretera.
Aunque era propiedad privada, al fin y al cabo pueblo chico, y más siendo nosotros unos chiquillos, mis dos hermanos menores y un primo y una prima de nuestra edad, cruzamos el portón y caminamos por un lado del río hasta llegar a la playa.
Ahí encontramos un bote de pescador sobre la arena. De esos pequeños botes de madera con motor fuera de borda. El motor estaba cubierto, pero dentro del bote todavía estaba la red del pescador y en una lata había anzuelos y en otra, unos restos de carne o cebo.
Mi primo, más de rancho, y no lo digo en modo despectivo sino en comparación a nuestra inutilidad citadina, enseguida buscó una rama larga, le ató el cordel y un anzuelo y colocó el cebo. Nos acercamos al río, tiró el anzuelo al río y no bien pasaron unos minutos cuando picó algo y el cordel se estremeció en estirones.
Todos gritábamos y saltábamos mientras mi primo recogía el cordel y sacaba del río un pescado grande. Estoy seguro de que mi primo lo identificó en ese momento, pero cuando más tarde recordamos la historia, simplemente nos referimos a "el pescadote".
Desprendimos una hoja de plátano y ahí envolvimos el pescado. Jugamos a otras cosas como tirar piedras al río y ver quién llegaba más lejos o ver quién podía hacerlas rebotar más sobre el agua o buscar alacranes debajo de las piedras o perseguirnos unos a otros con el juego de "tú las traes".
Ya pronto iba a atardecer y caminamos de regreso al pueblo, pescado en mano. En el camino recogimos unos cocos del suelo. Llegamos a la casa de mis tíos, que era también la única tienda de abarrotes del pueblo y les contamos entusiasmados la historia del pescadote.
Mi tía metió el pescado al congelador y tomó los cocos que llevábamos, le sacó el agua a cada uno y nos la sirvió a cada quién en un vaso con mucho hielo. Partió los cocos y les sacó la pulpa y la cortó en trozos y nos la sirvió en un plato a la mesa. Partió unos limones por la mitad y nos dio también un frasco con chile en polvo. Y todos comimos coco.
Ya era de noche. Nos despedimos y caminamos unos veinte metros a casa de mi padre. Repetimos la historia a mi padre y a mi madre. Cenamos no recuerdo qué y nos fuimos a dormir.
Debido al puente de la carretera para cruzar el río, los tráilers frenaban con motor. Al principio, el ruido no nos dejaba dormir, pero después se fue convirtiendo en un arrullo.
Esa noche, sin embargo, no pasó nada.
Al otro día, nos despertaron temprano y nos dijo mi papá que le habían avisado que unas personas del pueblo iban a pescar río arriba y que si queríamos ir. Por supuesto que dijimos que sí.
Cruzamos la carretera y por el terreno del rancho del otro pariente, caminamos bastante por la orilla del río hasta que vimos un grupo de personas.
Como todos en el pueblo se conocen, saludaron a mi papá, quien nos presentó.
Ya estamos por terminar, dijeron. Ya ellos habían colocado, dentro de una área baja del río, en donde el agua llegaba a las rodillas, y pegado a la orilla, piedras del mismo río amalgamadas con arena, en una forma de "U", de tal modo que la corriente de agua ingresaba en esa barrera de piedras, pero ya no continuaba. Y los peces se quedaban entonces atrapados.
Ahora sólo teníamos que meternos al agua y comenzar a sacar peces con las manos.
Fue la diversión total. Primero, vencer el miedo porque uno se imagina esos peces de agua dulce como si fuesen tiburones blancos.
Segundo, porque eran resbalosos. Creías tenerlo seguro entre tus manos y en lo que caminabas a la orilla para echarlo en la cubeta, en su frenético retorcer, se escabullía y caía de nuevo al agua.
Al terminar, se repartió la pesca entre todos. Mi padre sólo pidió uno para cada miembro de la familia y eso comimos ya en la casa, con los rostros colorados por el sol.
Al anochecer, tomábamos el fresco en la terraza, entre el ruido de las ranas y la radio de AM, cuando empezamos a ver luciérnagas. Mi madre nos dio una jarra de vidrio a cada uno y corrimos tras de ellas. Las atrapábamos y las soltábamos en seguida.
Era temprano todavía, pero ya estábamos agotados y nos rendimos al sueño. Mis hermanos y yo dormíamos en una habitación de la planta baja y mis padres, en la planta alta.
No puedo asegurar qué horas eran de la noche, pero me despertó un ruido, que al principio creí venir de la cocina.
Me levanté y caminé descalzo hasta allá, asomándome poco a poco entre el marco de la puerta. Pero no había nada.
Estaba por regresar a dormir cuando escuché de nuevo el ruido, pero ahora afuera, en el patio. No quise encender la luz, así que tomé una lámpara de mano que siempre hay ahí porque la energía eléctrica se iba seguido en la zona, por los nortes.
Abrí la puerta de la cocina al patio, y sin atreverme a dar un paso afuera, apunté con el haz de la lámpara en la dirección del ruido.
Y entonces vi un pequeño animalito, peludo, de color café, con carita como de perro chato, cuatro patas y una cola larga. Se quedó un momento pasmado por la luz de la lámpara, para luego correr por el patio y perderse en el río.
Mis hermanos menores no me creían cuando por la mañana les platiqué que por la noche había visto un perrito chiquito que se fue nadando por el río. Ya que bajó mi papá, le comenté lo que había visto y me dijo que era un perro de agua, también conocido como nutria.
Ya ahora de grande, hace tal vez un par de años, fui a tomar el café con una amiga. No sé en qué momento la conversación dio un giro y ella me preguntó, en voz baja: ¿Alguna vez has sido visitado por un ser querido fallecido? Si es así, ¿cómo fue la experiencia?
Le dije que no creía en los fantasmas ni en los espíritus ni en la vida más allá del más acá.
Me miró en silencio por un momento. Me sentí un poco mal conmigo mismo. Tal vez había sido muy tajante y directo con mi respuesta.
Y comencé entonces a platicarle sobre aquella vez que de pequeños fuimos de visita al pueblo en donde había nacido mi papá…
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Por Eduardo Machuca Torres
Este cuento lo escribí originalmente como respuesta a una pregunta en Quora.