¿Por qué es mala la luz azul?

¿Por qué es mala la luz azul?
Al principio, no era mala.
Después de haber sido destruido cuatro veces, el mundo se encontraba sumergido en tinieblas: en una total y profunda oscuridad: era como querer encontrar un gato negro en el fondo de una mina de carbón.
En ese entonces la tierra era plana y estaba habitada por unos pequeños seres de maíz que nacían de la tierra misma al asomarse Venus por el horizonte. Nacían en pares, niño y niña, y como no se podía ver nada, caminaban tomados de la mano todo el tiempo.
Pero muchos de ellos morían, también en pareja, al llegar, sin darse cuenta, al borde de la tierra, cayendo entonces por toda la eternidad al espacio infinito.
Los dioses, que tampoco podían ver nada de lo que pasaba allá abajo, se reunieron y decidieron iluminar el mundo.
Pero antes debían resolver el problema del borde de la tierra, pues se estaban quedando sin adoradores. ¿Y qué es un dios si no tiene quién lo idolatre?
Así que tomaron el caparazón de dos tortugas azules y cubrieron con ellos la tierra por encima y por debajo y soplaron dentro, uno de los dioses colocados cada uno en los cuatro puntos cardinales.
Retiraron los caparazones y surgió la tierra redonda: así ya nadie podría caer por el borde, sino caminar y caminar y caminar y regresar al punto de partida.
Para iluminar al mundo se requería que uno de ellos se sacrificara y dejar de existir para convertirse en otra cosa, pero sin más conciencia de sí mísmo.
La oscuridad reinante ocultaba la cobardía en sus rostros divinos y el espacio aprovechó el momento para apropiarse del silencio.
Finalmente, tras un lapso de tiempo del que ya no existe memoria, uno de ellos se ofreció: era el más pequeño, el más débil. Su piel era en partes escamosa. Los demás se miraban unos a otros intentando recordar su nombre.
Se los recordó en un suspiro casi inaudible.
Otro de los dioses sintió desafiado su orgullo y se ofreció también, pues él era más fuerte, rico y poderoso. Nadie podría arrebatarle el derecho de iluminar un mundo.
Debieron entonces competir entre ellos dos, realizando un sinnúmero de pruebas y ofrendas a los elementos de la naturaleza. La competencia era reñida e iba pareja, con la particularidad de que cuando el dios poderoso ganaba, lo hacía por medio de trampas o entregando más ofrendas suntuosas, pero falsas. Los demás dioses se daban clara cuenta de esto, pero era tal su poder que nadie se atrevía a reprocharselo.
Al final, los dioses declararon un empate, pero impresionados por la valentía, aplomo y honestidad del dios menor, a él lo proclamaron Sol y al dios poderoso, Luna.
Era una diferencia muy sutil, pues ambos se materializaron juntos en el cielo y tenían igual brillo y tamaño, pero el sol aparecía primero en el horizonte, seguido de forma inmediata por la luna.
Y aunque ahora el mundo estaba iluminado por los dos astros, la luz era cegadora. Con tal exceso de energía, los pequeños seres de maíz se volvieron gigantes con un sólo ojo. Los frágiles tallos del pasto se convirtieron en árboles que arañaban el cielo con sus ramas y las diminutas lagartijas, en tremendos dinosaurios.
Los dioses se dieron cuenta del error al mantener juntos al sol y la luna y entonces, después de mucho discutir, llegaron a la conclusión de que lo mejor era separarlos.
Y soplaron y soplaron y soplaron hasta que el sol adelantó a la luna por la mitad del recorrido. Y quedaron contentos con su haber.
No pasó mucho tiempo cuando los dioses repararon en que la gente de la tierra ya casi no hablaba de ellos: no los adoraba como antes, no les temía como antes.
Se congregaron y observaron que no había seres sobre la tierra, que los árboles estaban marchitos y derribados sobre un terreno en su mayoría desértico. Los mares reducidos a pequeños lagos que impartían a la tierra un enfermizo aspecto de sarampión azul.
Aunque de forma débil, todavía podían percibir algunos pensamientos, pero sin la suficiente energía como para establecer una comunicación. A uno de los dioses se le ocurrió meterse en los sueños y así se enteraron de que los habitantes de la tierra se habían visto obligados a vivir en cuevas, en lo profundo de la tierra, debido a que la luz no paraba y el calor era intenso: cuando el sol se alejaba por el horizonte, la luna aparecía del lado opuesto con la misma intensidad.
Para tener luz dentro, los seres descubrieron que podían hacer chocar dos piedras y así producir una chispa que encendería el fuego en las ramas secas que se acumulaban a la entrada de las cuevas.
Al paso del tiempo, los seres comenzaron a adorar al fuego que les proporcionaba una luz y calor que volvía habitable las oscuras y frías entrañas de la tierra y dejaron de pensar en los dioses de antaño. ¿Y qué es un dios si no tiene quién lo idolatre?
Los dioses deliberaron. Debían encontrar una solución permanente, más ésta se les escapaba como una liebre.
“¡Una liebre!”, exclamó uno de ellos. “¡Eso es!” Y enseguida metió la mano a una madriguera y sacó un conejo y lo arrojó con fuerza contra a la luna: así redujo su brillo en comparación con el del sol.
La estampa del conejo en la luna todavía hoy se puede observar como una comprobación de la veracidad de esta historia.
Otro de ellos metió también su mano en una cueva y sacó un puñado de oro, que arrojó al sol para así volver su luz amarilla y que su calidez invitara a los seres a salir de sus cuevas y habitar en la superficie.
Otro más, metió su mano en un lago y arrancó un poco del azul de agua y lo embarró en la cara de la luna, para que su luz tuviese un color azulado y su existencia estuviese entrelazada con las mareas.
Satisfechos con su haber, los dioses partieron. Los astros ya no cegarían ni quemarían durante el día y las noches tampoco serían tan oscuras.
Fallaron, sin embargo, en prevenir que al darle carne y agua a la luna, darían también un asomo de vida al dios poderoso, egocéntrico y tramposo que la había engendrado. Y es así que desde entonces, la azulada luz de la luna altera el carácter e ilumina el deambular de terroríficas criaturas y malvados seres.
Y así es como la luz azul se volvió mala.

Historia de la creación del mundo según Eduardo Machuca Torres y basada, de forma parcial y somera, en otras historias mesoamericanas de la creación del universo, del mundo y de las cosas encima de él.

Este cuento fue creado originalmente como una respuesta a una pregunta en Quora.